AndalOcio Córdoba



CRITICA DE CISNE NEGRO

Francisco Manuel Sánchez (Chico)

14.3.11 | 20:25h.

 

Darren Aronofsky coge la dialéctica entre realidad y su representación para regalarnos un intenso drama.

El carácter mimético de la representación artística ha recorrido la Historia del arte, como un cuchillo atraviesa una fruta. El arte ha sido, desde Aristóteles, la representación de la realidad. Este principio fue cuestionado cuando, en el siglo XIX, surgió un modo de representación que captaba la luz del mismo objeto para su posterior (re)presentación: la fotografía. Las vanguardias no dejaron de cuestionar el concepto de mímesis, intentando desvincular la obra del objeto referencial, incapaces de hacer competencia con la capacidad mimética de la fotografía. Así la obra de arte se convirtió en una suerte de ser independiente, en una realidad arrancada de cualquier vinculación.

El cine; capaz de capturar la realidad en su esencial crudeza, capaz de captura la luz de la pulsión de la muerte (La Huelga 1925, Eisenstein), pronto inició un camino contrario, anhelaba ser representación, ser mímesis, arrasar con el vínculo quasi orgánica con el objeto que, definitivamente, presentaba.

De este modo surgió las ampulosas escenografías, los antinaturales maquillajes, las manidas actuaciones, la vinculación con el teatro, los trucajes, los efectos especiales, y MRI. Algunos directores, consciente o inconscientemente, buscaban  “ la carne” entre tanto maquillaje, la pulsión de lo real, en un arte que había nacido ojo y se había convertido en un tren de juguete carísimo.

Darren Aronofsky coge la dialéctica entre realidad y su representación para regalarnos un intenso drama. El camino de transformación de una exigente  y obsesiva bailarina que, buscando la perfección, acaba convirtiéndose en aquello que lucha por representar: La Reina cisne de la famosa pieza de Tchaikovsky. La frontera entre objeto y su representación estalla por los aires, la unión es total, y la obra de arte (teniendo como rasero la mímesis) es perfecta… y destructiva.

Aronofsky articula esta dialéctica en todo su película recurriendo continuamente al juego  de espejos  donde el objeto termina confundiéndose con su reflejo. Siempre desde el punto de vista esquizofrénico del personaje de Natalie  Portman. Desde su mirada desquiciada y distorsionada que hace que dudemos de los límites del relato, de la intención de los personajes que lo habitan, incluso de la  presencia de éstos en el mismo. Un punto de vista extenuante, que no deja respiro al espectador.

El director de Requiem por un Sueño y El Luchador (Cisne Negro puede entenderse como suma y síntesis de las mismas) recurre a la fisicidad de la carne (esa uña rota, esa herida sangrante esos huesos que crujen al compas de los pasos de baile), a lo radical de su fotografía, para dejar claro que el cine es algo más, que el objeto se escapa de ser representado, que tras los gráciles movimientos de las bailarinas hay hueso que crepitan y carne que se rasga.

Y en un clímax que pertenece  ya a la Historia de Cine, la bailarina alcanza la obra perfecta, aquella que es indiferenciable al objeto que representa. Y solo nos queda un fundido a blanco, para mostrarnos la luz del cine, un plano que es el objeto último, la luz misma de la sala que sirve de signo de puntuación a un relato que en su clímax encuentra su extinción.

Y por supuesto, Natalie Portman se merece el oscar, Vicent Cassel … también.

 

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Trailer Cisne negro

 



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